Una oportunidad para las terrazas
Hoy que es imposible dejar de lado su importancia en restaurantes y bares nacionales ¿Será un espacio conquistado definitivamente para la cocina pública o solo una postal de los tiempos pandémicos cuando, por fin, llegue el momento de mirarla desde lejos?

Lanco se ubica a unos 820 kilómetros al sur de Santiago y es un poblado bisagra desde una óptica viajera. Al norte de la Región de Los Ríos, es el pivote para desde ahí asomarse al paisaje idílico de Lago Ranco y su verdor profundo. Sus tortillas al rescoldo de arena y ceniza, crocantes por fuera y de suave textura por dentro, son famosas desde los tiempos del ferrocarril. En esa zona, más o menos, una sandwichería como tantas, pegada a una estación de servicio, aparece dispuesta dentro de una casa a prueba de la lluvia sureña, aunque no de la pandemia del Covid-19 y sus penosas circunstancias.

Quizá en este y en otros miles de casos, la tristeza puede que no sea completa.

La obligación de fases sobre fases del plan Paso a Paso les impuso instalar una pequeña mesa, solo una, que junto a un par de sillas es un símbolo para el viajero: pasar, servirse con confianza, de afuerita y de lejitos. Es un mensaje implícito como en otros tantos locales populares y de los otros. Se da en la Feria Modelo de Rancagua, donde su estacionamiento hoy es un comedor. Lo mismo pasa en Chillán, en Barrio Lastarria (o lo que queda de éste), Vitacura y en la soleada la costanera de Caldera en Atacama. Todo quien posea un comedor intenta llegar a la calle, buscando el oxígeno necesario en medio de un limbo comatoso, donde aquel espacio marca la diferencia entre existir y no hacerlo.

En otros países comer, beber y vivir un restaurante, o bar, o café, es hacerlo desde una terraza. Acá salvo en las tardes y noches de verano, se trata de un ámbito más bien rezagado, salvo para el segmento de fumadores por cierto. Hoy que es imposible dejar de lado su importancia en restaurantes y bares ¿Será un espacio conquistado definitivamente para la cocina pública o solo una postal de los tiempos pandémicos cuando, por fin, llegue el momento de mirarla desde lejos?

Quizá no dependa tanto del dueño de cada local -que desea todo el espacio posible-, o del cliente que suele arroparse y entrar a la primera brizna de frío otoñal -pero que puede acostumbrarse-. Quizá la injerencia de la autoridad de turno municipal, sea en realidad la que permita o no promover terrazas de todo tipo -pagos mediante-. Porque a lo largo de toda esta travesía viral, han demostrado o más bien, reafirmado, su capacidad para humanizar los espacios públicos frente al creciente uso del automóvil. Eso en cualquier lugar pero sobre todo en las zonas urbanas más cotizadas para la vida de bares y restaurantes.

Quizá sea el momento de pensar en detalle respecto de cómo una fuerza de la costumbre, la de tender a una vida más puertas adentro, pueda cambiar por la acción de otra nueva fuerza que renueve nuestra mirada. Puede ocurrir que la pandemia convierta a la proliferación obligada de las terrazas, en una virtud colateral inesperada, mínima entre tanto acontecimiento, pero que nos permita tomarnos la calle, esta vez plato y copa en mano, y dar un paso más en el ambiente gastronómico.

Hace rato que está claro, para Chile, que los tiempos cambian. Hacerlo mirando la gente pasar desde una terraza, es un plus de buen vivir.

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